ESPAÑA, El Mundo-

 Irene y Elena vuelven del acto de conciliación en el que su antiguo profesor de karate, Manuel Capetillo, hoy entrenador de la Federación Española, ha reconocido que abusó sexualmente de ellas. Es el final de un proceso que, desde la denuncia hasta la sentencia, ha durado siete años: "Nos llamaron mentirosas e incluso provocadoras... Ahora podemos demostrar lo que sufrimos", dice Irene.

A su lado, Elena asiente. Podrían olvidar lo ocurrido, pero aceptan relatar su experiencia en una cafetería de Madrid, a menos de cuatro kilómetros del colegio donde Capetillo da hoy clases de karate. "Nuestra intención es que los niños que están ahora a su cargo no sufran los mismos abusos que nosotras".

Los hechos se remontan a junio de 2007. Dos niñas de 14 y 16 años denuncian a su idolatrado profesor, Cape, como le llamaban cariñosamente. Arrastraban seis meses de besos, tocamientos en nalgas, pechos y entrepierna, amén de una avalancha de mensajes eróticos que el profe de 34 años les mandaba por messenger. No les resultó fácil dar el paso: él lo negaba y el entorno no las creía, ni la dueña del gimnasio, ni la novia de Cape, ni los padres de los otros alumnos.

Pero ellas perseveraron hasta que, siete años después, llegó la sentencia. Estos son los abusos, contados por ellas mismas.

VÍCTIMA 1: IRENE

Todo empezó como sin darme cuenta. Veía que me abrazaba, que se acercaba mucho al hablarme. Me daba un cachete en el culo para animarme en las competiciones. Pensaba que era un gesto de cariño, pero cuando pasó de ahí me di cuenta que pasaba algo raro.

La primera vez que sentí algo extraño fue en un campamento deportivo en 2007. Estábamos en una playa, me abrazó y yo noté que su pene estaba erecto. Yo no lo asociaba con abuso, sino con algo normal en los chicos. Pero ahora me acuerdo y pienso: "Madre mía...".

El entrenador junto a Irene, una de las denunciantes 

La primera vez que me besó fue antes del examen de cinturón negro. Estuvimos entrenando a solas hasta muy tarde. Estaba sentado en una montaña de colchonetas, me dijo"anda ven aquí" y me besó en los labios. Pensé que se había enamorado de mí. Tenía 14 años y no entendía lo que pasaba.

Después de eso, antes o después de los entrenamientos me decía que fuera al cuarto de materiales. Me encerraba y me empezaba a coger del culo, de la espalda... En ese momento no supe qué hacer, pensaba que nadie me creería.

Una vez vi a Olga, su pareja, que era amiga mía y entrenaba con nosotros, me sentí culpable. Ella empezó la relación con él a los 17 años. Yo, que no estaba propiciando nada, sentía que estaba engañando a su novia, que era mi amiga.

Nos costó demostrar que fueron abusos. Dicen: "¿Por qué lo consentías?". Creemos que abuso es forzar a una persona, pero esto era un abuso de confianza: era mi entrenador, el que me estaba haciendo crecer como karateka... Si no estás dentro parece muy sencillo decir que me dejaba. Pero ni siquiera yo puedo explicar por qué acepté eso.

VÍCTIMA 2: ELENA

Empezó a fijarse en mí porque estaba pasando una mala época con mi novio. Me veía triste, decaída. Me decía: "Venga nena, vamos a hablar, vente al cuartito". Me daba los típicos abrazos que no eran sospechosos. Veía que lo hacía con el resto, pensaba que era un gesto de cariño.

Yo le contaba lo de mi novio. Me hacía sentir especial. Era una persona a la que admiraba. Tiempo después, como me había dado consejos, me empezó a hacer chantaje: "Después de todo creo que me debes un beso".

Se lo conté a mi hermana. Ella me dijo que también le había intentado dar un beso y que por eso se desapuntó en el gimnasio. Seguí entrenando por miedo a decírselo a mis padres... Pensaba que si lo contaba no me creerían.

Me dediqué a observar a otras chicas por si les pasaba lo mismo. Si encontraba algún indicio, avisaría. Irene era la persona de la que menos me lo esperaba: era amiga de la novia del profesor y estaba muy implicada en la competición.

En junio de 2007, en una clase motivacional, le puse una cara de odio infinita. Después me dijo que esto de verle mal no podía ser. Al salir del cuarto de materiales, Irene me vio llorando y se acercó a mí.

Habla Irene: No me lo quisiste decir en persona, pero te insistí por messenger: "Cape me ha besado". Tú me dijiste: "Qué hijo de puta". Las dos quedamos en un banco y nos contamos lo que nos había hecho. Se lo conté a mi hermano y él se lo dijo a mis padres. Yotenía miedo. Fueron al gimnasio, pidieron explicaciones a la dueña, que lo negó todo, al igual que el propio Cape. Denunciamos los hechos en la comisaría de Coslada-San Fernando (Madrid) el 15 de junio de 2007.

EL PROFESOR

Frente a ellas estaba Capetillo. No era un profesor cualquiera: entrenador infantil de la Federación madrileña en 2007, creció profesionalmente con los años hasta que la Federación Española lo fichó para entrenar a las categorías infantiles. Seguía con su trabajo en el gimnasio de Coslada y, además, el colegio María Inmaculada de Madrid lo contrató para dar clases.

En su currículo figuran varios vídeos que cuelga en internet. También ha escrito libros "dirigidos a profesores de karate para sus entrenamientos de kata en edad infantil que buscan dar un enfoque a sus clases totalmente nuevo". En estos textos se describe a Manuel Capetillo como quinto dan de karate y maestro de educación física.

EL JUICIO

Los años pasaron. La denuncia estaba interpuesta pero no recibían respuesta. Irene se cambió de gimnasio y llegó a campeona de España en 2012. Pero su vida no era igual: pasó tres años en terapia. "Tuve muchas pesadillas, era un estado de estrés y alerta constante", cuenta. Ver un BMW negro como el de su entrenador o que la gente se le acercara por detrás la ponía muy nerviosa. A los hombres prefería no acercarse, sobre todo a los entrenadores que iba conociendo. Elena dejó el karate: no podía con la presión.

20 de octubre. Juzgados de Alcalá de Henares. Irene, de 22 años, y Elena, de 24, acuden a la respuesta de la Justicia. "Al llegar vimos a Capetillo, esta vez con la cara baja. No se atrevió a mirarnos", dice Irene. El acusado aceptaba los hechos en una vista de conformidad y era condenado a dos años por "dos delitos continuados de abusos sexuales". Pero porque carece de antecedentes. La cárcel será sustituida por cursos de orientación sexual, dos años de inhabilitación como profesor y cuatro años de alejamiento de Irene y Elena.

Las adolescentes respiran tranquilas. Quieren olvidar estos siete años y evitar que personas como Cape sigan ganándose la confianza de niños, padres, profesores y autoridades deportivas: "Hacemos público lo ocurrido para que ninguna niña vuelva a sufrir lo que sufrimos nosotras...".

 

¿Cómo podemos prevenir este riesgo?